‘Otra manera de ver el golpe del 18 de julio’, por José Ruiz Mata

«En cada revolución, en cada cambio político, se pide siempre libertad y rara vez justicia. No nos damos cuenta de que la justicia conlleva, además libertad, igualdad, solidaridad, derechos»

A principios del siglo XX España continuaba siendo un país con unas grandes diferencias sociales. Por un lado estaba la gran burguesía, heredera de la nobleza castrense, propietaria de la tierra, dueña de la poca industria, controladora del Gobierno; una oligarquía que se hallaba en apoyo mutuo con la Iglesia, una Iglesia que se había mantenido apegada al poder desde finales del siglo XV. Por otro, la ingente masa de jornaleros y obreros que se hacinaban en los suburbios de las ciudades, en casas insalubres o malvivían en chozas, que pasaban hambre, que no tenían apenas acceso a la educación ni a la sanidad.

En Jerez, el número de jornaleros superaba el 60% de los trabajadores. Unos braceros que dependían de las peonadas que pudieran echar en los cortijos, que no tenían futuro, que en su mayoría sobrellevaban una existencia muy por debajo del umbral de la pobreza. En esta ciudad no había más pobre que los jornaleros que, además, servían de carne de cañón para defender los intereses económicos en las guerras coloniales. Recordemos que Jerez tenía la tasa de mortalidad más alta de España a causa del hambre y la falta de higiene.

Es impresionante el contraste entre esas imágenes de caballeros y señoras en el club de polo, en las carreras de caballo, en las carrozas de las fiestas tirándose flores, en los grandes banquetes para celebrar cualquier efeméride, y otras, no tan cinematográficas por lo que hay que recurrir a la memoria oral o a la imaginación, de barrios marginales, de calles sin empedrar, polvorientas en verano y enfangadas en invierno, con gente mal vestida, niños famélicos, chinches y piojos. El analfabetismo en tasas muy altas.

La República era la esperanza de esos obreros que llevaban siglos de injusticias, de hambre, de desamparo. Por eso, el 14 de abril del 31, el pueblo salió a la calle, ya había sonado su hora, por fin se podía poner en marcha un plan que acortara esa enorme zanja que separaba a los ricos de los pobres, al jornalero del terrateniente, al trabajador del gran empresario. En el primer bienio republicano existió en Jerez un movimiento político y sindical sin precedentes desde el Sexenio Democrático (1868-1874), en el que de unos 18.000 obreros, 14.924 estaba sindicados.

Esta importante eclosión política y sindical tuvo como consecuencia la aparición de nuevos diarios y semanarios vinculados a las diferentes tendencias. El interés por la instrucción hizo que el público que acudía a la Biblioteca Municipal pasara de 6.117 al año, en 1929, a 10.133, en 1931

Había demasiado que hacer, eran muchos los siglos de olvido, desalentadora la incultura que reinaba en todo el país. En muy poco tiempo, en un gran esfuerzo, la República multiplicó por once los centros escolares en España. En Jerez, durante el reinado de Alfonso XIII, solo se fundaron dos escuelas, en cambio, en 1931, se proyectan 22, de las que 10 estaban en funcionamiento en pocos meses. También se crearon las llamadas Misiones Pedagógicas, donde unos grupos de maestros y artistas iban por los pueblos más apartados llevando la cultura y la educación. Pueblos donde la gente no conocía algo ya tan cotidiano en las ciudades como el cine, donde nunca había visto un cuadro ni sabía qué era un libro. Ante hemos hecho hincapié en la situación deplorable de los jornaleros en Jerez, aun así, nada comparado con los habitantes de los pueblos de la sierra, incomunicados y casi en la Prehistoria.

El proyecto de una, tan esperada y que nunca llegó, reforma agraria, preocupaba mucho a unos terratenientes que no basaban sus beneficios en la modernización de sus cultivos, como habían hecho otros países, sino en el proteccionismo del Estado y en una mano de obra abundante y barata. Lo que sí consigue el Gobierno de la República es una serie de convenios que mejoran las condiciones laborales de los trabajadores y sanciones para los empresarios que no las cumplan.

Pero los poderes económicos no estaban por permitir que la clase trabajadora adquiriera derechos, ya que eso mermaría sus ganancias. No entendían que, como se ha demostrado posteriormente, es al revés, un pueblo que tiene sus necesidades cubiertas consume y da más beneficios al que los produce. Pero no era solo una cuestión de beneficio sino de desprecio, odio quizá, que le tenían los propietarios a los jornaleros. Tanto es así, que muchos de ellos no sembraron sus tierras esos años, ellos ganarían mucho menos, pero los jornaleros se morirían de hambre por pretender una sociedad más justa. A la protesta de los trabajadores, la respuesta contundente de los terratenientes era «¡Que os dé de comer la República!».

La República tenía cada vez más enemigos, por un lado a la oligarquía se le unió la jerarquía eclesiástica, que veía como perdía poder ante un Estado que pretendía ser laico, y, por otro lado, el enfrentamiento interno de la CNT entre treintistas, que defendían una fase de preparación durante unos años antes del inicio de la revolución social, y los faístas, seguidores de la ilegalizada FAI, partidarios de la acción directa; la cuestión se saldaría con la victoria de estos últimos. En Jerez se lanzan a una confrontación con el Gobierno declarando dos huelgas generales revolucionarias para implantar el comunismo libertario. Dichos enfrentamientos terminan aplastados por la represión de las fuerzas del orden, con muertos, heridos y decenas de detenidos.

Tras la dimisión de Azaña se convocan nuevas elecciones en noviembre de 1933. Con las izquierdas desgastadas y divididas, frente a una derecha organizada y con una candidatura en nuestra provincia alrededor del eje Cádiz-Jerez, la clave estaba en la actitud que pudiera adoptar el movimiento obrero anarco-sindicalista, mayoritario en Jerez.

La abstención masiva de los anarquistas, en Jerez apenas votó el 30% del censo a pesar de ser la primera vez que la mujer podía ejercer su derecho al voto, permite el triunfo de la derecha, que en la candidatura por Cádiz contaba con nombres como el de José Antonio Primo de Rivera.

Este nuevo período republicano lo llamarán las clases trabajadoras el «bienio negro». Los distintos gobiernos que se suceden en estos dos años derogaron o modificaron en un sentido conservador las leyes aprobadas en el bienio anterior: se anuló toda legislación laica, se redujo drásticamente el presupuesto de educación, se amnistió a los golpistas de la «Sanjurjada» y se abandonó la legislación social.

En Jerez se notó pronto el cambio; si muchos conflictos laborales se habían resuelto favorablemente para los trabajadores gracias a la intervención republicana, ahora llegaba el desquite de los patrones. Ante la declaración de huelga en el sector vinícola, las cajas de vinos se mandaron a fabricar fuera de la ciudad y la vendimia se cosechó con 800 forasteros protegidos por la fuerza pública. Otras huelgas fueron respondidas por el gobernador con el cierre de los centros sindicales y las detenciones de obreros.

El estraperlo, que salpicó a algunos importantes dirigentes del Partido Radical, provoca la caída del Gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones para el 16 de febrero de 1936. Como sistema de lucha contra la derecha, las fuerzas de izquierdas se agruparon en el llamado Frente Popular, que integraba a republicanos, socialistas, comunistas y el recién constituido Partido Sindical.

Escarmentados por el bienio negro y alentados por la promesa del Frente Popular de liberar a los presos políticos, los antes abstencionistas de la CNT decidieron participar en los comicios. El número de votantes pasó en Jerez de 11.368 a 23.334; la mayoría de los nuevos apoyos fueron al Frente Popular, que ganó las elecciones con una diferencia de 4.000 votos.

La oligarquía no podía permitir un nuevo gobierno de izquierda que tomara el camino del primero que tuvo la República. Nada de educación, cultura, mejoras salariales, igualdad de derechos. La Iglesia no quería que regresase un Estado laico. En un mitin en Sanlúcar, José Antonio Primo de Rivera había dicho que permitirían este juego de la democracia mientras gobernaran los que tienen que gobernar que, cuando no fuera así, ya sabían ellos lo que tenían que hacer; palabras que resultaron premonitorias.

Como en otras circunstancias, en otros países se ha practicado y se practica, el poder económico se aplicó a desestabilizar la sociedad: matones que acudían a los actos públicos y disparaban al aire para crear una atmósfera de violencia, provocaciones empresariales para empujar a las huelgas, asesinatos que hoy podríamos calificar como selectivos, ataques continuos al Gobierno desde la prensa conservadora; todo ello alentado desde los púlpitos.

La República cometió el fallo de no tener un ejército, si no propio, al menos que le fuera leal, pues los africanistas actuaban al margen del Gobierno; de no haber depurado la Guardia Civil de elementos reaccionarios, de no haber apartado de sus cargos a los jefes militares que conspiraban contra ella.

Amparados en la consigna, todo golpista se acoge a ella, de salvar la Patria, de reestablecer el orden, un orden que la derecha se había encargado de alterar, el 18 de julio de 1936 se dio el golpe de estado. Ya tendrían los golpistas 40 años para rehacer, revisar, inventar, tergiversar la Historia y así justificar lo que en buena lógica no tiene justificación.

En Jerez no murió nadie a manos del Gobierno del Frente Popular ni del propio pueblo. En cambio, sin que hubiera guerra, en esta ciudad se conocen los nombres de más de 500 asesinados en los años posteriores al Golpe, muchos de ellos sin juicio previo, sin contar con las más de 300 personas que fueron asesinadas en el Marrufo, finca situada en el término municipal de Jerez. El número de represaliados con otras penas es enorme.

Durante la guerra, según Paul Preston en su libro El holocausto español, fueron asesinados por parte de la República, aunque en contra del mandato del Gobierno, unas 20.000 personas. Unas fueron sacadas de cárceles por elementos extremistas para fusilarlas, otras fueron asesinadas como respuesta popular a los bombardeos. En cambio, una vez acabada la guerra, el asesinato sistemático de los que consideraban el enemigo, que no eran otros que los trabajadores, fue dirigido, alentado y, en muchos casos, ejecutado por el propio gobierno de los golpistas. Aquí no vale decir que todos fueron iguales, que las guerras son así. No, esta era la primera vez en la época moderna que un bando ganador intentaba eliminar por completo a los vencidos. Los asesinados en la represión de los golpistas supera la horrible cifra de 200.000 personas.

Lo curioso es que cuando se estudia se dice: Segunda República y Guerra Civil, y por otra parte: Dictadura franquista. Las palabras no son baladíes, tienen su intencionalidad. Aquí, al poner Segunda República y Guerra Civil es como queriendo decir que la una llevó a la otra y la solución fue el franquismo. Y no es cierto, la Segunda República fue un momento de libertad donde la oligarquía no quería perder sus derechos ni la Iglesia sus prebendas. Luego vino la Guerra Civil para derrocar la Segunda República y, como fruto de esa guerra, llegó la Dictadura franquista; ahora sí que lo uno llevó a lo otro. Por un lado sería Segunda República y, por otro, Guerra Civil y Dictadura franquista.

Como siempre, los verdugos dicen que la culpa fue de la víctima.

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