(Contracrónica) La Catedral del equilibrio

A las nueve de la mañana del domingo, el aparcamiento de motos del Circuito no se parecía al que había sido, por ejemplo, el jueves, cuando comenzaban los actos del Mundial con una caravana motera por todo lo alto. A las nueve, las neveras para acceder a la mañana en la que el desplazamiento hasta Jerez cobra sentido, pesan más que nunca, pesan tanto como los párpados. Nadie hace estallar el motor, como los días previos por las avenidas de Jerez. Ni se sonríen ni se saludan pegando puño en vacío. El domingo de llegada al Circuito es The walking dead.

Uno se para a hablar con ellos, y entonces se espabilan, piensan unos segundos, y te dicen que quieren que gane el suyo. Si eres francés, de Marsella, dices que quieres que gane Zarco, que sale el tercero de la parrilla. “Good luck”, -“buena suerte”-, como diciéndole al tipo que le hará falta porque es improbable que gane. Entonces sí suelta una carcajada más ágil, y te toca el brazo como a un compadre, y se marcha en busca de la puerta que le corresponda.

Aquel jueves de caravana motera, el ‘speaker’ que animaba la salida desde el aparcamiento del Circuito soltaba un “y que el domingo gane algún español”. A pesar de su efusividad de ir hasta arriba de Red Bull, patrocinador del evento, más de un español silbó con reprobación. El amo en las tiendas de los alrededores de la entrada y del interior del trazado es Valentino Rossi, el doctor de ese 46 amarillo chillón, de estética casi noventera de gafas pastilleras que sobrevive a las nuevas estéticas de laboratorio. El amarillo no pasa de moda en Jerez. Valentino Rossi es mundial como la coca-cola, como el rock, transversal a todas las razas (hoy en el circuito, carirrojos calcinados escandinavos o asiáticos) como el amor y el odio. Sólo Marc Márquez rivaliza en presencia en las gradas, por detrás de un Lorenzo venido a menos desde que provoca desidica con su frustrante Ducatti y apenas ha pisado el podio en dos temporadas.

Tampoco es hablar de nada nuevo bajo el sol cuando al navegar entre las gradas y los montes colindantes con Torremelgarejo abundan las gorras que tapan el rostro. Una siesta de domingo, siestas de esas del burro de después de desayunar. Una chica: “He dormido cinco horas en tres días”; “Yo no sé salir por la noche y que a la vuelta no esté saliendo el sol”. Nada nuevo bajo el sol en el Circuito, pero resulta más que sorprendente que durante las carreras de Moto3 y Moto2, muchos ni siquiera levantan la vista. Es díficil dormir en plena carrera cuando estás, por ejemplo, en la curva de entrada a meta, a apenas 100 metros de docenas de motores puestos a tope por una milésima de diferencia. Pero se puede, claro que sí.

Igualmente sorprende esa actitud entre una especie de jet-set del mundo del motor, que se mantiene en los camiones de paddock, viendo en restaurantes flotantes de mesa con mantel una carrera a través de la pantalla, con la misma presencia que quien se involucra frente a la tele, por ejemplo, desde Japón. Muchas de esas personas de áreas exclusivas llevan distintivos de equipos, y claro, tampoco hay que rehuir la idea de que quizás son curritos que durante el tiempo de rodada no tienen más obligaciones y ciudad tras ciudad quizás no se les pueda exigir que vuelvan a ver una carrera en la que sus pilotos, por ejemplo, apenas aspiran a pasar del puesto número 12. Hay jet-set que no es Honda ni Yamaha ni Ducatti, ni tampoco Suzuki. O quizás que un vampiro los caza de noche y no tienen sangre de la que alimentarse porque vivir la fiesta del motor a cien metros de una pista y a diez metros de una tele es de un cuajo para aplaudir.

El Mundial es para ver con amigos, y a lo mejor los suyos prefieren hacerlo en una pantalla.

Porque me encuentro a una persona de la política local que pertenece al consejo de Cirjesa y aprovecha cuando acaban las ‘obligaciones’ de representación para marcharse a Jerez. No quiere estar allí, pero no porque no le guste el circo, sino porque quiere ver las carreras con su gente, y su gente no ha ido al Circuito.

Es la afición al motor la que merece la crónica. La que no paraba de botar en la avenida delante de unos enormes altavoces, con el volumen entre muy alto y obscenamente alto. La que arrastra sus carritos hacia el interior del Circuito sin fuerzas. La que se queda en mono de carreras a pesar del pesadísimo calor que azota los arrededores de la pista a eso de las dos. Un matrimonio británico lo vendía así: “Barcelona is better, but Jerez is best party”. Barcelona está bien, claro, pero Jerez tiene la fiesta.

Si es Catedral, dicen, y no por chovinismo replicamos aquí, no es porque tenga mejores curvas, ni porque el de Jerez tenga mejores piezas para la moto. La Catedral es el factor diferencial de que Jerez se convierta en un lugar en el que se lía sin caer en la anarquía -gloria para los servicios de seguridad, sanitarios, organización, que permiten que 71.000 personas cojan la carretera de Arcos sin accidentes ni incidentes más allá de tener que esperar estoicamenta que pase el autobús-. Es un equilibrio. Puedes pagar un pastón por una grada VIP y creerte que estás en Mónaco, y puedes llevarte un tupper y estar de barbacoa. En Jerez, aunque algún año llueva, siempre hace sol, con amigos. O para hacerlos. Jerez es donde los comisarios cuentan las vueltas con piedrecitas, como si fuera un bingo. Así no te pilla de sorpresa el aviso por walkie. Jerez.

 

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