Contracrónica sin lágrima desde el Kiko Narváez

Sonríen, porque están en España. El Mediterráneo se tragó a medio centenar en un patera cerca de Almería el pasado fin de semana. Por eso sonríen.

Esta historia no busca que llores. Te la cuento para que entiendas lo que está ocurriendo. Llegas al entorno del Kiko y te presentas. “Yurnalís”, -journalist, en un francés precarísimo-. Falta un rato para el almuerzo. Muchos se quedan por el parque. Otros descansan en el interior del polideportivo, al que no se puede acceder. Hay que mantener cierto control. Una situación emergencia humanitaria no es un circo, sino algo serio.

Me presento con uno de ellos. Tiene 18 años. Primero me dice que habla francés, y un poco de inglés, pero tan poco como mi francés. Va y vuelve a por un compañero que traduzca y podamos hablar. Abro el teléfono a por un contacto de Cruz Roja. Al quinto tono de llamada, corto y se me acerca un chico, de algunos años más. Los mismos que yo. Me pide el teléfono para llamar a un número que tiene apuntado en un papel. Empieza por +34, así que suspiro porque no me saldrá por un pico. Luego, otro me lo volverá a pedir. Así, unos cuantos. Necesitan contactar con su red social en España, avisarles de que se marchan hoy mismo, o mañana.

Muchos, casi todos, tienen teléfono. Son sus herramientas para sobrevivir en su travesía a otro país. Algunos no tienen apuntados los contactos en papelitos, sino en las agendas de los teléfonos. Los encienden, consultan, los vuelven a apagar. No tienen claro cuándo podrán volver a cargarlo, y no cuentan con tarjetas SIM que funcionen en España.

Existen muchas confusiones respecto a los migrantes que pasan por el Narváez estos días. Llegan de situaciones de pobreza, sí, pero una pobreza mucho más capitalista que la del desposeídos del Cuerno de África. De las historias que cuentan, hay muchos episodios comunes. Vivían en zonas deprimidas de Camerún, Costa de Marfil, Gambia, Guinea Conakri, con trabajos que apenas les dan para sobrevivir. A veces, apenas para comer y tener un techo, en el campo o en la ciudad. Algún gruísta, albañil, otros en el textil. La mayoría, en lo agrario. Pasaron luego por países donde buscaban alguna oportunidad de mejorar, como Senegal, Togo, o países de Magreb como Marruecos, Argelia o Túnez. En estos últimos, existe rechazo al colectivo migrante, que se traduce en más de una agresión por parte de policías y cuerpos militares. Amenazas de empresarios. Dificultades para establecerse.

¿Qué ocurrió la semana entre el lunes 11 y el domingo 16 de junio? Por lo general, Marruecos lo pone muy difícil. Siempre hay guardias, dicen. El viernes no. Aseguran que pudieron cruzar gratis, sin pagar a mafias ni el peaje corrupto de las autoridades, que se cobran el mirar para otro lado.

Cruz Roja es el receptor humanitario, el encargado en el Estrecho de que, una vez llegan, no mueran de frío o enfermedad tras la travesía. Son el rescate en tierra, la primera respuesta. “Si tuvieran más, harían más, hacen lo que pueden, son muy buenos”, me dice un chico de Gambia. Sus padres murieron cuando era un niño, y aunque se debía de hacer cargo de él su abuela, aprendió a vivir por sus propios medios. Ha trabajado de todo lo que uno pueda imaginar. Campos, fábricas, construcción. Quiere algo mejor. Otro gambiano, de 18, cuenta que estaba empezando con esfuerzo en la universidad, pero que las manifestaciones contra el gobierno interrumpían sin parar el curso. Quiere ser sociólogo. Le tocaron 700 euros en una lotería y los invirtió en noviembre para encaminarse a Francia. Cruzó al fin en junio. Allá al Norte tiene un amigo, y espera entrar en la universidad francesa en algún momento, aunque sabe que será difícil.

Nos acercamos a un grupo que toma unas cervezas en el parque. Se las ha comprado un vecino de La Granja, que también se toma una bajo un árbol. “Soy medio gitano, ¿cómo se les puede decir que no vengan? Tienen derecho a su cervecita, bueno, pues yo les invito, y he estado hablando algo con ellos. Hay que ayudarle, yo también me vendría para acá”, cuenta. “Y con lo que han pasado, tienen derecho a una cervecita. Y lo que les queda por pasar”.

Sonríen. Sí, están felices. Son casi todos veinteañeros. Ya han dejado de buscar al medio centenar que se tragó el Mediterráneo a la altura de Almería el pasado fin de semana. La ‘neolengua’ dice que los están “buscando” tras naufragar, una forma amable de no darles por muertos. Cruzar significa un riesgo terrible para la vida.

Pasan los días y la curiosidad de la ciudad desciende. A algunos se les podrá ver por el entorno. Hay quien tiene unos pequeños ahorros. Quizás 100, 50 euros. A veces más. Por lo general, nada, porque lo que ahorraron durante mucho tiempo para cruzar el continente lo tienen en Marruecos o en sus países de origen. Preguntan dónde pueden ir para recibirlo. Quien tiene dinero, intenta, a lo mejor, conseguir una tarjeta telefónica española.

Pienso: Hay que ser imbécil o malintencionado para confundir el tener algo ahorrado para empezar una vida fuera con ser unos privilegiados. Así de claro. Tienen móvil, pero no dónde cargarlo, y sin tarjeta. Han dejado atrás sus vidas. Tienen ganas de una cerveza, y si les invitan, se la toman. A lo mejor te piden el teléfono para llamar a algún punto de España, donde está su hermano, su amigo. Barcelona y Madrid, principalmente. Sonríen, porque han sobrevivido.

En cualquier momento se pueden marchar del Kiko Narváez, pero no lo hacen, porque esta ciudad de 30% de paro donde no tienen familia residiendo, no es su destino final. Cruz Roja quiere que se sepa, pero desean evitar la interferencia en su labor. Fuentes de la institución cuentan que llegaron al Kiko a ofrecer ropa, comida, algo que agradecen pero piden que no se haga. “No podemos ponernos ahora a clasificar, a comprobar que la comida tiene su proceso…”. ¿Qué hacer? La web de Cruz Roja ofrece de forma fácilmente perceptible dónde realizar donaciones, cómo hacerse voluntari@. Están Cáritas, Ceain, Voluntarios por Otro Mundo, Accem… Detrás hay gente, voluntariado y profesionales. Hay ONGs que ofrecen casas para menores extutelados, otras que se dedican a ofrecer cobertura social y jurídica, otras que buscan la integración… ONGs que echan un cable a los españoles, muchos cables, cables para quienes lo pasan mal, sean del país que sean. Colectivos que gestionan que no corten la luz y el agua. Asociaciones que paralizan desahucios. Gente que se echa la calle, que tras diez años de crisis partiéndose la cara han sido criminalizados por algunos medios en manos de los bancos y que necesitan la influencia política para sobrevivir.

Y no, no están hoy para que ayudes de la forma que quieras, porque una reacción eficaz implica organización. Son unos días difíciles para Cruz Roja. La misma institución que protagonizó lo más humano de una Segunda Guerra Mundial que acabó con la duda sobre si el hombre podía llegar a ser malo por naturaleza, hoy justifica que no puede recoger ropa a las puertas de un polideportivo donde van con la lengua fuera. Esa Cruz Roja a la que muchos acusan de no preocuparse por los de aquí, cuando no han hecho otra cosa en su historia.

Los migrantes del Kiko Narváez se encuentran en proceso de viaje. Hablan y sonríen porque no son los desposeídos que a veces muchos creen que son. Han sobrevivido. Si hablas inglés o francés, te puedes sentar a charlar en el parque, antes de que vayan a Madrid, Barcelona o Francia. No son los que creen. Sonríen porque no están bajo el Estrecho. Sonríen hoy. No saben si lo harán mañana. Tienen 20 años. Algunos tu edad, 28, y cicatrices en la nariz y en la frente, por algún puñetazo militar en Marruecos. La edad de tu hijo, de tu hermano. Sonríen porque no han muerto. Sonríen porque tú también lo harías. Porque tú también lo intentas hacer, aunque te corten el agua. Son de tu clase social, los que se buscan las papas. Son tu hijo el que trabaja en Alemania, son tu hermano en Londres. Tienen un móvil inútil sin tarjeta y 72 horas para estar por allí, en la práctica, hasta que encuentren un sofá en la casa de algún familiar, amigo, compatriota.

“Voy a Huelva. ¿Cómo es Huelva? ¿Has estado allí?”, me pregunta un guineano en inglés. “Hay costa, playa, turistas, y campo… Quizás trabajo”. Otro cuelga mi teléfono. Se acaba de enterar de que tiene que ir a Premiá de Mar. Eso está en ‘Barça’, como algunos se refieren a Barcelona. Me pide que le apunte su nombre en un papel.

“Los españoles son buenas personas”, le digo a alguno, “aunque alguno piensa que no deberíais estar”, advierto tras una charla en la que hablan con miedo sobre su futuro. “Claro, lo sabemos. Es el color de la piel”, dice señalándose en brazo, “no les gusta”. “Tienen miedo, o algo así”, contesto. “No, sólo buscamos tener un futuro”.

Esta historia no es para llorar, pero algunas de esas personas que conoces cuando eres periodista y te encuentras por las rueda de prensa sí lo hace al salir del Kiko Narváez. “Los tratan como perros”, dice rascándose los ojos este anónimo. Se refiere a que su gran sueño europeo, por el que suspiraban, consiste en beber zumito de naranja por la mañana, bocadillos y esperar un billete de autobús hacia alguna gran capital, donde no tendrán papeles para trabajar legalmente y las pasarán canutas. Ellos aún no saben que el camino es largo, y que oficialmente para el Gobierno de España es casi como si no existieran. El bulo de la paga, el piso, es falso. Ellos sonríen. Su futuro es un poco más posible que en África, el continente cuyos recursos están al servicio de las empresas que hacen, por ejemplo, móviles. El cobalto africano ha llegado mucho antes que ellos, y en mayores cantidades. No lo saben, pero esos móviles que ellos tienen como tesoros, son igual de suyos. Sus beneficios ni los olieron, se los quedaron los dictadorzuelos o falsos demócratas corruptos que se embolsan millones y millones en cuentas en Suiza o Panamá. Han sido desposeídos, porque el hambre estructural es toda una problemática estructural.

En los barrios de menor esperanza de vida de Jerez tampoco lo saben, y no lo saben porque no saben que a ellos mismos también les han desposeído en una relación de fuerzas injusta de lo que producen. Y se olvidan de que en España crece la desigualdad, lo que signifca no sólo que sean más pobres, sino que los propietarios del capital son más ricos. Sí lo sabe quien habla de un 30% de paro que obvia que al Ayuntamiento no le cuesta esto un duro, ya sea opinando con un pseudónimo en una red social o delante de un micrófono.

Esta crónica, esta historia, no está hecha para que llores. Tampoco para que te indignes. Está hecha porque es la verdad. Sonríen. Están en Europa. Hoy pueden sonreír.

Foto: CRISTÓBAL ORTEGA
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