‘La lluvia tropical siempre vuelve’ – Serie: ‘El mundo es un cuento chino’

De la serie ‘El mundo es un cuento chino’,
proyecto realizado por la colaboracion de
www.manhattaneterno.com

Por Celia Asencio

Andaba sudosa por la calle. La humedad me había sofocado nada más salir de casa cuesta abajo. El caos continuaba intacto, fuera la hora que fuera: el alboroto de los coches, el jaleo de las bicicletas eléctricas por las aceras, las sirenas de las ambulancias, el tráfico acumulado en hora punta… Todo era tal y como casi lo había imaginado antes de venir a un lugar como este. ¡Y el sol sin salir! Pensaba mientras caminaba aquel día gris, como tantos otros que vinieron después. La lluvia tropical caía con fuerza y mojaba mi pelo y mi ropa, ensuciándola de barro y pegándomela al cuerpo, sin más alternativa que aceptar el calor incesante sobre mi piel.

Y entonces, se me ocurrió escribir un pequeño cuento sobre la lluvia y las distintas formas que hay, como esta, la tropical, la que te hace saber que estás en este meridiano y que la naturaleza se hace oír.

Aquí no hay discusión, ella gana. Su sonido puede llegar a todos los rincones, hasta los más recónditos, hasta los más inalcanzables.

Aquel día que callejeaba meditabunda, no podía divisar el horizonte, todo andaba pegajoso, nublado y difuso. La gente no paseaba, deambulaba rápido, ansiosa de llegar a su destino, y yo, allí, dando pasos más o menos a una velocidad normal, preguntándome qué me había deparado el destino para estar en aquel mar de transeúntes, en ese mismo momento, a esa misma hora y con una sensación de humedad tan grande, que sólo quería poder refugiarme en algún lugar.

Y entonces, en mitad de ese sinsentido, me acordé del flamenco y del sol de Jerez, de su vino y su expresión artística, de cómo los chinos no nos entenderían, de la distancia que nos separaba entre ellos y nosotros, entre su historia y la nuestra, entre su pensamiento y el mío. Recordé aquellos quejíos del cante jondo que se adueñaron de mi ser en todas esas ocasiones que los escuché en carne viva, en lo andaluces que somos los andaluces y cómo extrañamos nuestra tierra.

Ilustración: CARMEN MARTÍNEZ TORTOSA

 

Pero una gota me cayó en el ojo y me despertó de mi cavilación intercultural. La lluvia tropical siempre vuelve en este rincón del planeta, inherente al sitio, al ser que habita en estas tierras, a su sombrero de bambú y a su arroz en las tierras húmedas de la China continental. A su forma de encarar el fuerte estruendo de los rayos sobre la ciudad. En cómo me miran cuando me desespero con los charcos, por el remojo y el remojo.

Así, continué vagando por las calles de Cantón, sin rumbo claro, empapada y abstraída. Paseaba consciente de mi aventura, mirándolo todo al detalle, cuando, de repente, escuché un pito desagradable: una de esas bicis eléctricas de reparto a domicilio, que ya he nombrado, rozó con sus ruedas mi pantalón, instándome a apartarme de mi trayecto. Claro que ésta iba por la acera sin preocupación ninguna, ¿quién sería aquel chaval? Y casi al borde del accidente, me retiré a tiempo, pasando veloz por mi lado, como si no hubiera dudado ni un segundo en mis reflejos y en mi capacidad de lidiar con la situación. Nadie se inmutó, ni lo más mínimo, se habían acostumbrado a cabalgar con todo tipo de cacharros eléctricos, los mismos que habían colonizado las zonas peatonales, como si fuera la lógica a seguir en una ciudad que estremece por su inmensidad. Y justo ahí fue cuando metí la pierna en un agujero grandote, lleno de agua sucia, estancada… Se me olvidaba, la lluvia tropical siempre vuelve.

Siempre.

 

Ilustración: CARMEN MARTÍNEZ TORTOSA

 

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