‘La dote’ – IV de la serie ‘El mundo es un cuento chino’

Cuarta entrega de la serie
‘El mundo es un cuento chino,
proyecto realizado por la colaboración de
www.manhattaneterno.com

Por Celia Asencio

Llevaba tiempo escuchando hablar sobre ello, no podía al principio creer que aún siguieran ocurriendo tales prácticas en un país que está a la cabeza tecnológica del mundo. Claro que fue un pensamiento demasiado ingenuo, cuando llevas aquí algunos meses puedes entender dichas contradicciones, en su fondo y forma. No sería la primera vez que escribo sobre ellas, y así, con mi té preparado, abro una página en blanco para poder empezar a escribir mi nueva crónica literaria. Visualizo cómo fue todo, cómo me lo contaron, cómo fue el escenario aquel día y la charla que me llevó a grabarlo todo en mi mente.

Luz estaba sentada en la mesa redonda del restaurante. No era su verdadero nombre, los alumnos se cambian el nombre chino para que los profesores occidentales podamos recordarlo, ya que son demasiado complejos desde el punto de vista fonético. Más estando en Cantón, ya que China es un país con multitud de lenguas y dialectos, el chino mandarín no todo el mundo lo habla aquí y entre ellos los sonidos cambian. El cantonés tiene nueve tonos, mientras que el chino mandarín cuatro, entre otras diferencias. Así, me siento a su lado, y nos pedimos té verde. Miramos la carta, al principio un surtido poco selecto de pescado y carne, por lo que directamente me voy a las verduras, en un paraíso tropical como este, ¡imaginad la cantidad de plantas y frutas que hay aquí! Muchas de ellas ni las conozco, como es natural.
Pero Luz insiste en el pescado picante y el tofú en salsa, por lo que me conformo sin más, sólo era capaz de pensar en la charla que íbamos a tener a continuación. Nos habíamos citado para hablar sobre las correcciones de un texto que le había hecho, pero poco después empecé con mi repertorio de preguntas, ya le había advertido que quería saber más sobre este tema. Y ella había accedido sin ningún tipo de problemas.

─¿Tú qué piensas? Tú que eres una chica que has visto mundo, que tienes otra forma de pensar, más abierto, que has reflexionado sobre cosas que mucha gente aquí no ha tenido la oportunidad─ Y abrí el debate.
─Creo que si mis padres lo quisieran, lo haría sin cuestionarlo. Para mí no representa nada, pero para ellos es algo importantísimo.

¿De qué estábamos hablando? Hablábamos de la dote, sí. Una práctica muy habitual aún en China que consiste en el intercambio de bienes y/o dinero por parte de las familias de los novios cuando deciden casarse.

─Tengo entendido que el novio es quien debe aportar un hogar para su nueva familia y una cantidad de dinero aparte que debe concertar con sus suegros─ añadí.
─Sí, aunque ahora la novia también puede aportar dinero, menos que el novio, eso sí, o muebles o cosas que sean útiles para el nuevo hogar. Depende de cada región. Puedo decirte que he conocido a mujeres con experiencias diversas.
─Pero, ¿y si el novio no tiene dinero?
─Lo tiene. Todo el mundo lo tiene. ¿Por qué? Porque desde que nacemos nuestros padres guardan dinero en una cuenta destinado exclusivamente a nuestro matrimonio. Es el deseo más fuerte que pueden tener unos padres chinos.
─¿Incluso por encima de sus posibilidades? Tengo entendido que aquí hay grandes diferencias sociales y que la mayoría gana para sobrevivir, sin grandes lujos, trabajando de sol a sol.
─No importa. Si no tienen lo suficiente ahorrado, pedirán un crédito. Lo que haga falta para que su hijo pueda ofrecer algo digno el día de mañana. En el caso de que seas chica, los padres intentarán tenerlo todo preparado (algún dinero ahorrado, o muebles para la nueva casa) y por supuesto exigir una buena dote al novio, para asegurarse de que su hija viva bien.

La camarera nos interrumpe, pedimos dos cuencos de arroz blanco. Nos sirven más té y nos traen la olla con el tofú. Hay un silencio, no incómodo, sí necesario. Bebo de mi taza y pienso en mi siguiente pregunta. Dejo el cuaderno cerca de mi plato con el lápiz preparado por si tengo que escribir algo.

─¿No es una práctica propia de una concepción machista? ¿No se convierte así a vistas de la sociedad china en un ser desprotegido y dependiente?
─No lo podemos pensar así, es decir, mis padres vivieron la hambruna. Ellos temen que yo no pueda salir hacia delante, que lo pase mal en la vida. Ten en cuenta que las grandes cantidades de dinero se ahorran para el varón, no para la mujer, por lo que yo quedo así sin ninguna seguridad. Claro que reflejo la visión de mis padres. De todas formas, debo decirte que no, no veo que tenga algo que ver con el machismo. Sólo lo veo como el más puro deseo de mis padres de que me vaya bien todo. De que no tenga que pasar por los sufrimientos que ellos han pasado. China podrá parecer que ha crecido muy rápido económicamente, pero aún hay necesidad.

Y me quedé pensativa. Claro, es lógico. Pensé. ¿Cómo iba Luz a llegar hasta ese punto? ¿Ese punto de partida? Ninguna de mis magníficas estudiantes había recibido educación en consciencia de género, nadie les había hablado de la mujer como objeto de mercantilización, o del patriarcado, de la superioridad del hombre ante tal cuestión si ellas seguían consintiendo a ser mujeres dependientes, a no decidir por ellas mismas si querían o no. Aquí la obsesión de la sociedad por casar a las chicas es tan grande que les inculcan desde que son pequeñas el temor de quedarse solteras para toda la vida. Y eso conllevaría a ser poco menos que una despojada social. Era un tema complicado. Me veía allí parada, sujetando los palillos, intentado ponerme en su piel, en su punto de vista, en su experiencia, desde su prisma. Me era francamente difícil, pero había que intentarlo, mi respuesta no podía ser contundente, ni arrogante, ni alejada de su realidad.

─Claro que tú podrás comprender mi desconcierto, ya que como mujer joven que soy lo veo desactualizado para tratarse del siglo XXI. Quizás puedas entender que me sorprenda que aún haya muchas chicas, la gran mayoría, que no se hayan parado a pensar en que es algo arcaico. En cualquier caso, no he vivido lo que tú has vivido, y debo ponerme en tu situación, trato de hacerlo.
─No te preocupes, no es la primera vez que hablo de ello con alguien de fuera. Entiendo cómo nos ven.

Le expliqué, así, que nosotros teníamos el ajuar en el pasado y cómo la mujer estaba destinada a complacer a su esposo sin más elección de vida hasta hace no mucho. Lo vi conveniente para el momento, estaba claro que no quería que sintiera que había venido para arreglarles el mundo. No quería, de hecho. Lo que sí pretendía era dar todo de mí, lo hago y lo haré en cualquier rincón del planeta, en España también. Hacerles reflexionar, que piensen, aquí sacar un minuto para detenerse es casi imposible. Que vieran que hay opciones, que existen, que no todo es inamovible. Que las cosas mutan, se transforman, cambian. Es la misión que siento en cualquier lado, incluso para mí misma, eso por supuesto.

La vida fuera de aquellas paredes seguía transcurriendo. De fondo sonaban las sirenas, los coches pitando, los pocos pájaros que se dejaban caer por la zona, algunas gotas cuando el cielo rompía a llorar a cada poco. Mujeres paseando sus barrigotas de embarazadas y niños en triciclos. Todos, toditos, todos con sus sonrisas. Luz y yo seguimos charlando de otras cosas, me cambió de tema con mucha naturalidad, y sentadas allí, sentí sobre mí las muchas realidades de la Tierra. Y lo que queda aún por cambiarnos – todos─ en este mundo lleno de locos y salvajes seres humanos.

Ilustración: Celia Asencio

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