Flamenco universal

Por Margarita Muñoz

El pasado sábado, en la Sala Apolo de Barcelona, Rosalía, catalana del Bajo Llobregat que, matizando y revisando el flamenco con todo un abanico de referencias musicales, enfrenta, a sus escasos 25 años, la muerte con alegría, pues esta Rosalía, en un momento de la noche, se atrevió, por decirlo de alguna manera, porque lo coge todo con una naturalidad que parece de mentira, con unos tanguillos de Cádiz, antiguos como los duros, y cerró el concierto, aunque creo que no las tenía preparadas, con unas bulerías que, en su presencia potente, en su voz impecable que gorjea, en mi permanente añoranza, fueron una auténtica fiesta breve para esta jerezanía que voy paseando por el mundo.

Éste es sólo un ejemplo de algo que he podido constatar desde que salí de Andalucía: el flamenco es universal. Y no sólo es universal porque lo retengamos dentro y lo hagamos trascender fronteras los que salimos de la región, sino que es universal porque al género acude gente de tantos otros lugares. Y no me refiero únicamente a un acudir pasivo en tanto que espectadores, sino que, igual que Rosalía hace, u otros catalanes como Miguel Poveda o Silvia Pérez Cruz, el flamenco, fuera de Andalucía, se acoge, se practica, se ejerce.

Sólo hay que fijarse, para darse cuenta de esta universalidad que digo, en la diversidad de nacionalidades de los asistentes a la Fiesta de la Bulería anual y de los participantes en el Curso Flamenco que celebran todos los veranos Carmen Cortés y Gerardo Núñez en Sanlúcar de Barrameda, o en lo bien, lo mágicamente, que bailaba (mejor y más mágicamente que todos los demás alumnos españoles y catalanes) aquella italiana que asistía a mi clase de baile flamenco en la academia de La Tani, en pleno Sant Andreu, o en el vídeo de YouTube de las dos chicas japonesas que, con gracia y actitud lúdica, zapatean sentadas unas bulerías.

Y hablo de Catalunya porque es lo que me pilla cerca ahora mismo, pero para un entretenido y bien documentado recorrido histórico por la emigración del flamenco hacia Nueva York, habiendo pasado y acampado antes ya por París, tiene, a quien le interese el tema, ‘¡En er mundo!’, de José Manuel Gamboa, bellamente editado por Athenaica, y de donde extraigo esta cita:

“¡Viva la naturaleza global del flamenco universal!”

Y ya agradezco yo esa naturaleza global del flamenco universal, porque así me lo voy encontrando materializado y performado no sólo en grabaciones, en copias o en Spotify, sino también, puntual e inesperadamente, como el rojo de las amapolas sobre el verde del campo, en salas de conciertos del Paral-lel, en un bar de Gràcia o en una bodega en Vallcarca.

Y mi mente, que vuela y se transporta a mi tierra bonita cada vez que escucho al Agujetas por fandangos, a La Niña de los Peines por sevillanas o a La Paquera por bulerías, asiste encantada a ese esparcimiento, a esa universalidad que hace que una muchacha de Sant Esteve Sesrovires, recupere a Morente en el marco de la noche barcelonesa.

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