‘Errantes’: “La noche en Jerez”

Por Margarita Muñoz

Es de sobra conocido, prácticamente de dominio público, y así me quiere quien me quiere, que la noche no me gusta. A las nueve tengo sueño, las calles oscuras y frías me angustian, y recorrer bares o permanecer en algún local me aburre y me genera sensación obsesiva de pérdida de tiempo. Pero me gustaría matizar esta afirmación para no dejarla ser tan categórica: odio la noche adulta, que me resulta sórdida y forzada. No obstante, profeso devoción por la que fue, cuando aún vivía en Jerez y el verano era largo y tórrido, cuando el total de mis amigos compartíamos aún código postal, la noche joven, pre-licenciatura, por situarnos en una edad y en un momento, cuyo recuerdo, quizá, como todo lo referente a esos años, aparece embellecido y algo borroso por el velo del tiempo.

La memoria, siempre fatídicamente selectiva, en este caso escoge y dulcifica únicamente las veladas tibias y fragantes del final de la primavera sobre la hierba de algún parque, los paseos bajo las jacarandas de la calle Porvera en esa hora tras el ocaso en que el cielo tiene un color azul profundo, aún no marino sino casi turquesa, breve e inasible, las noches sudorosas en el patio de La Comedia, la búsqueda visual de OVNIs y el recuento de estrellas con algún amor fugaz, los naranjos fragantes de las plazas, leer en el balcón a la vuelta de la playa, recién duchada, colorada como una manzana.

Todo este recordar viene porque la Feria de Jerez se acerca, y cada año deseo con fuerza estar allí. Pero no es un allí ahora, sino un allí antiguo, un allí resplandeciente, un allí recién florecido, un allí que ya no es. Sé que no es porque lo he visto, porque la última vez que fui a la Feria ya nada era lo mismo y no fue ni la mitad de divertido, ni la mitad de emocionante, y no era yo ni la mitad de libre que era entonces, y no estaban los mismos, y la sentí como ajena.

Sin embargo, a pesar de todo, aquello que aún me ata a Jerez, que no es poco, de una forma u otra, a veces me hace pensar en que Jerez no es sólo pasado para mí. También hay una fuerte actualidad latente, algo desdibujada por la no-permanencia, por lo cortas que son mis visitas, pero que, si se cultivara, si se fomentara (si pudiera, realmente, hacerlo más allá de los períodos vacacionales), cobraría fuerza, cobraría complejidad, riqueza, posibilidades. Porque con todo lo que es pasado (con los viejos amigos, con mi preciosa familia, con los lugares, con los acontecimientos) he aprendido a desarrollar nuevas dinámicas más pertinentes, más lógicas, más ajustadas a cómo es todo ahora. Y, por tomar el mismo ejemplo que he utilizado antes, con la Feria, estoy segura de que sería capaz de volver a establecer una nueva relación que, no por diferente, debiera ser necesariamente peor.

Y cuando paseo de noche por San Miguel con un amigo, o cuando entro de madrugada en casa tratando de guardar silencio para no despertar a mis padres, o cuando por la calle Consistorio surge, cuando atardece, una zambomba en Navidad, o cuando voy en el autobús de Sanlúcar a Jerez de ver a mi novio y hay estrellas en el cielo por la carretera y todos los pasajeros vamos en silencio y yo saboreo el placer de que todo sea como era antes sabiendo que ya no lo es, que todo es como una nueva versión de sí mismo, pienso que no es la noche joven lo que añoro. Es la noche en Jerez.

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