‘Errantes’ – Margarita Muñoz: “Barcelona-Jerez”

¡Nostalgia aguda, infinita,

terrible, de lo que tengo!

‘Sur’, Juan Ramón Jiménez.

 

Desde el exilio barcelonés, desde el calor maloliente del metro, desde la silla de una oficina bañada por la luz de los fluorescentes o desde las zonas feas abarrotadas de turistas de esta no siempre horrible ciudad, creo, supongo que en un ansia inconsciente por salirme de todo ello, que Jerez, siempre lejana y, cuando cercana, fugaz, huele, todos los días del año, a azahar, a tomillo, a vino, a incienso y a chimenea, a todo junto en una especie de estación total juanramoniana.

 

Siempre que el pensamiento, en esa tentativa de huida, viaja hacia el Jerez soñado, lo hace en el AVE de las tres de la tarde del 23 de diciembre. Cada año, habiendo pasado ya Madrid, me coge el atardecer viajando, y las últimas luces del día y las primeras estrellas de la víspera de Nochebuena, parpadean a través de los árboles. Y cuando el pensamiento por fin llega, es Semana Santa y están florecidos los naranjos, y también es otoño y huele a uvas pisadas, y si cojo la carretera hacia Trebujena, están ya, nuevos y espléndidos, los campos llenos de girasoles porque es junio y septiembre y abril a la vez, porque cuando la pienso desde lejos, Jerez no es ciudad sino estación y clima que, en el capricho del anhelo, lo incluye y lo contiene todo.

 

A lo mejor idealizo, pienso cuando se disuelve el pico de añoranza en el quehacer del día a día, en lo que Barcelona tiene que ofrecer, en los amigos nuevos, en los atardeceres sangrientos del Mediterráneo. Pero el caso es que luego vuelvo y, en cualquiera de los tres ó cuatro momentos anuales de regreso a mi bella tierra, hay algo de eso, a lo mejor matizado o diferente por los estados de ánimo, por el paso del tiempo, por los cambios lógicos y naturales de un organismo vivo como lo es cualquier ciudad. Por ejemplo, esta última Semana Santa, en esos días tempranos de abril, el viento, algo frío todavía pero perfumado y alegre, hacía desparramarse sobre nosotros la lluvia de pétalos de flores derramados al paso del Cristo por la calle Consistorio. Así que no, no es lirismo, no es una exageración mediada por la lejanía y la ausencia. Al final, cuando vuelvo, todo, todo eso que imagino cuando la realidad aquí no se deja digerir, es absoluta y rotundamente verdad.

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