Análisis: ‘La cara B de llamar ‘facha’ alegremente’

Utilizar ese término provoca que se fijen posiciones y da posibilidades a la ideología xenófoba. Hay que rebatir sin dar lugar a que se aglutinen en torno a un discurso.

Alegremente, sí, porque se dispara sin recaer en las consecuencias, y a menudo se llama ‘facha’ sin ton ni son. ¿De qué estamos hablando? Me explico.

El asunto de la inmigración se ha colocado en un lugar preponderante del debate público. La inmigración apenas ha importado a la sociedad española en los últimos años. Lo dicen las encuestas del INE, donde paro, situación económica o corrupción eran los principales problemas para la sociedad española. Tras un atentado, por ejemplo, aumenta la preocupación sobre el terrorismo, pero son reacciones lógicas que tienen recorrido corto.

La percepción de cuáles son los problemas del país son un asunto primordial a la hora de elaborar programas electorales, genera nuevas prioridades políticas. Es el previo a la actividad política y resulta de enorme trascendencia. La percepción general sobre la inmigración está cambiando estos días necesariamente, porque al ponerse esto sobre la mesa, muchas personas van a adoptar una postura u otra.

Resulta preocupante que se generen las condiciones para programas políticos xenófobos. El ‘primero los de aquí’ no tenía espacio cuando las cosas iban bien, en tiempos de vacas gordas. Durante la crisis, apenas se ha generado un pequeño germen de rechazo al extranjero, que no se ha traducido ni en un viraje claro de los partidos de derechas ni en el surgimiento de nuevos actores políticos. A diferencia de lo ocurrido en Europa, con un preocupante ascenso de la ultra derecha.

España se ha mantenido al margen porque ni Podemos ni Ciudadanos utilizan esos argumentos. Las nuevas fuerzas de Europa dan muchísima preponderancia a asuntos como la inmigración y el patriotismo.

¿Permanecerá España ajena a este resurgimiento del conservadurismo extremo? Es difícil de prever como es difícil de prever qué va a ocurrir, qué medidas se van a tomar, etcétera. Los hechos abonarán las posibilidades de un nuevo discurso. La xenofobia necesita un relato: Cuando todos estemos bien, entonces podremos ayudar, a la vez que se genera la idea de que “no se ayuda a los de aquí”. Se usan mentiras como que “les dan una paguita, les ponen un piso”. La asistencia social necesita un empujón, pero se dedica principalmente hacia los españoles. Los inmigrantes, además, en la práctica son mano de obra barata que ofrecen su fuerza de trabajo por un margen muy pequeño de retribución y generan riqueza, generan plusvalías a los propietarios de la tierra y del capital. La asistencia médica, por ejemplo, que reciban, no son más que la contraparte del contrato entre trabajador y Estado. Pero da igual, porque mentiras y falacias repetidas hacen posible el cambio político.

Y este artículo quiere alertar de las posibilidades de ese relato. Una gran parte de la sociedad española se encuentra en desconexión respecto a sus políticos. Los proyectos colectivos se ponen diariamente en duda, no se confía en el grupo. Se confía más en la persona (ejemplo rápido, Podemos jamás habría aglutinado apoyos como lo hizo sin aquel Pablo Iglesias tertuliano de 2014) que en el proyecto común de varios, aunque en sus términos sean idénticos.

Además, nos encontramos ante una crisis de los proyectos de derecha, debido al azote de la corrupción, y una enorme desconfianza entre las clases populares a la lógica y los signifcantes obreristas. Por un lado, el PP no tiene la fuerza que tuvo. Por otro, la izquierda a la izquierda del PSOE es recibida con desdén, con miedo y en parte es ridiculizada por parte de la sociedad que no entiende algunas propuestas que se descontextualizan (véase, prisión permanente revisable).

El ‘público’ posible de la ultra derecha son las clases populares, como ha ocurrido en Francia, donde el Frente Nacional ha arraigado en zonas históricas de socialistas y comunistas. Volvemos a las posibilidades del populismo de derechas, que no tiene nada que ver con el populismo de izquierdas pero que necesita de las mismas condiciones de rechazo hacia el sistema imperante, unas condiciones que se sustentan en el fracaso reconocible en mayor o menor medida en el Estado del Bienestar o en el enorme desempleo.

Hablar de populismo de derechas puede sonar a fascismo, o a una nueva cara de ese fascismo de años 30. Quien sea racista en tiempos de vacas gordas, es simple y llanamente racista de origen. Quien sufre las consecuencias de una crisis y culpa a los inmigrantes ha sido convencido de que la culpa es de los inmigrantes. No, me niego a reconocer que sea lo mismo. No soy capaz de decirle facha a quien me dice que ha perdido su casa y cree que si no hubiera inmigrantes la podría pagar. Llamar facha a alguien genera desconexión hacia proyectos que no hablan de xenofobia (derecha actual) e impide el acercamiento a otras lecturas de la frustración (Podemos). Llamar ‘facha’ a alguien fija sus posiciones y les acerca a asumir las tesis del proyecto político del populismo de derechas. Llamar facha, en resumen, es peligroso, porque a la tercera o cuarta vez te dirá “si esto es ser facha, pues lo seré”.

¿Hay que dejar de alertar y ser condescendientes con posturas xenófobas? En ningún caso. Pero hay que tener cabeza y entender que cuando te lo dice alguien por internet, es posible pero improbable que sea un cabeza rapada miembro de Ultra Sur, pues esos son minoría. Es más probable que sea una persona que las ha pasado canutas, que ha visto cómo el sistema le ha fallado. Que sufra listas de espera y que no encuentre trabajo. Que sólo sobreviva. Que sienta tristeza por pedir comida en un banco de alimentos. Que se encuentre deprimida, rota, o simplemente desilusionada respecto a su futuro. Una persona que sufre a la que empiezan a comerle la oreja y a calentar con eso de mira qué privilegiados los que vienen de Brukina Faso (sí, ocurre, ése es el relato). Gente que además siente cierto miedo porque su poca relación con personas musulmanas o negras se limitan a lo que ve por la tele, a lo que se hace viral en redes sociales…

Quien no esté de acuerdo con esos postulados debería evitar esa ruptura entre la audiencia potencial de los discursos xenófobos y las posturas antirracistas. Llamar facha a Vox, por ejemplo, puede provocar que más de uno diga ‘ostras, es verdad, no me di cuenta de que lo eran’. Pero más genera entre la gente el ‘pues digáis lo que digáis, yo me creo lo que cuentan’.

Un partido político sólo necesita una victoria parcial en el campo ideológico junto a una exposición medianita para alcanzar las instituciones. A UpyD, por ejemplo, le bastó hablar de coches oficiales y de las cosas que no funcionaban en el Estado de las Autonomías para alcanzar cinco eurodiputados en 2014, justo antes de su desaparición, los mismos que Podemos, que sólo creció desde entonces. Ofreció una explicación sencilla a la crisis institucional, y le valió. Igual que a Podemos, que ofreció una lectura social a la crisis económico y entró en el panorama político. Vox, a día de hoy está fuera. Si seguimos llamando facha a sus posibles votantes, quizás alguno acabe agarrando la papeleta. Y una vez que se metan en el Congreso, en algún Ayuntamiento, habrá ultraderecha para años, porque ganará en exposición pública y aglutinará a nuevos actores que a día de hoy se alinean con las tesis de otros partidos del espectro conservador.

Y, de verdad, Eduardo Inda será liberal y no te gustará, pero no es facha. Ni el PP es facha, aunque quizás puedan serlo algunos votantes. Ni Ciudadanos. Ni Podemos, obvio, aunque puedan acabar siéndolo algunos de sus votantes si se generan las condiciones. Los que en Francia votaban a los comunistas. La que ha votado a Trump. La de los votantes del Movimiento 5 Estrellas que sin votar a la Liga Norte han bedecido un pacto de Gobierno. Si se prescinde de los que ideológicamente están en disputa, es como empezar el partido con un jugador menos.

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